28/2/16

Ahora o nunca (Blanca)


El tiempo no pasaba en la habitación oscura, allí podías encontrar todo tipo de objetos, algunos más ajados que otros por el paso del tiempo, como si tuvieran arrugas o la piel se les cayera a pedazos. Había pasado más de una semana de viento tormentoso, su preferido. Una mecedora de los años veinte, una linterna fundida, una muñeca sucia, platos de porcelana por doquier, collares de diferentes formas, tamaños y colores, ropa, mucha ropa colgada de perchas y alguna esparcida por el sueño a merced del polvo y de los diferentes animalillos que compartían habitación. El carismático hombre se llamaba Evaristo, pero desde hacía poco, puesto que cada cierto tiempo se lo iba cambiando ya que se cansaba de sí mismo y quería renovar algo de lo que el paso de los años le había robado: la inmovilidad. No era aquella una inmovilidad física, sino mucho peor: estaba anclado a aquella habitación por propia voluntad. Evaristo se había construido una cárcel por sí mismo, como los pájaros que tanto tiempo enjaulados no saben volar, pero no porque no puedan, sino porque ya no saben.

Evaristo había conocido a gran cantidad de personas muy diferentes a lo largo de su vida ¡miserable vida!, algunas personas darían todo lo que tienen por aquello que Evaristo poseía. Él era el único que poseía ese don; si, lo quieres saber, ¿verdad? ¡No seas tan impaciente hijo mío! Cada día los recuerdos le sobrevenían, como si de un continuo pasado se tratara, y no pudiera huir. ¿Te he contado que lo conocí en extrañas circunstancias? Bueno, pero ahora no importa eso. El objeto por el cual Evaristo tenía más cariño era un espejo, un viejo espejo de ya no le devolvía la sonrisa que una vez le prestaba. Sí.. eso había llegado a ser como un préstamo, pero desde aquella noche terrible, nada volvió a ser lo mismo. Y el espejo, que era ese objeto preciado, nunca le devolvió esa sonrisa. Evaristo me comentó entre suspiros entrecortados que tenía miedo a la muerte y por esta razón, había decidido vivir para siempre, como si se tratara de una letanía inacabada, con la condición expresa de la guadaña de que debería de guardar objetos de personas que fuera conociendo a lo largo de su vida, que conservara el recuerdo plasmado en diferentes enseres de dueños no vivos.

Y te preguntarás a todo esto: ¿Por qué decidió vivir eternamente? Lo que te voy a contar son suposiciones, se rumorea por la villa que desde que su hijo decidió partir a un mejor destino, Evaristo comenzó a ser deshonesto, apático, rudo. No se soportaba a él mismo por más que lo intentara y cada día reconocía que no era un viaje hacia la tumba, si no que probablemente, el paso del tiempo lo alejaría cada vez más y más de el único hijo que había tenido, y pensaba: ¿qué importará que yo viva eternamente, si no puedo verlo crecer?, me confesaba. Ahora se arrepentía. Llamaba constantemente a la guadaña pero no le contestaba nunca. Comunicaba. Quizás tenía muchas solicitudes de muerte anticipadas. O se había olvidado de él. ¿Para que la llamaba si le había concedido el deseo que gran parte de los mortales deseaban? Aquel ingrato y desagradecido no entendía el valor de la vida.

Evaristo tenía la costumbre de cada noche leer y releer sus escritos, escritos de cuando aún no había firmado ningún pacto con la guadaña. Escribía un diario donde expresaba cada día como se sentía. Además tenía un diario donde escribía los sueños y pesadillas que por la noche lo acompañaban. De algunos no se acordaba y se quedaba pensando un buen rato hasta que al final desistía en su empeño de transcribirlo todo con pelos y señales. Eso le gustaba, pero llegó a un punto que le cansó. Y desde el accidente de su primogénito y único hijo, se arrepentía cada segundo del momento que firmó con la guadaña la vida eterna, o la muerte en vida. Como te comentaba hijo, la vida de Evaristo se había convertido en la suma de unos días que ya no le decían nada, que se asemejaban los unos a los otros. El día que lo conocí, tú eras muy pequeño, tendrías tres o cuatro años. Yo pasaba de paso por la villa y no me pensé más de dos veces entrar en su tienda de antigüedades. Me pareció la tienda más encantadora y especial jamás vista por estos ojos de viejo, y créeme, el diablo sabe más por viejo que por diablo. Nos hicimos muy amigos, me contaba sus anécdotas, sus miedos, sus alegrías, el sinsentido de su vida que según él se había convertido después del accidente de su hijo. Y yo lo escuchaba con el ceño fruncido a veces, otras con cara de póker, esas que intentan hacer los psicoanalistas. Y cada semana al menos nos juntábamos una vez en el mismo café de siempre y me contaba muchas de sus anécdotas. En esos momentos me sentía como el callado amigo del grupo que apenas tiene mucho que decir, como un pozo de escucha que no se cansaba, y no por que creyera que yo no tenía nada que ofrecer, sino porque siempre me ha gustado escuchar. Además, pensé que sus historias me podían inspirar algún día a la creación de un libro que me lanzara a la fama.


“Ahora o nunca”, me comentó en una ocasión. Yo en esos momentos me atraganté con el último sorbo de café. “¿Qué quieres decir con eso?”, le pregunté, después de recuperar la respiración. No me había sorprendido aquella expresión tan común, sino el tono grave de su voz, y su mirada perdida. Sacó del bolsillo de su camisa un papel arrugado, lo posó cerca de mi taza de café, se levantó y se marchó sin prisa, con mirada triste pero decidida. Y yo, imagínate hijo; yo en ese momento no osé en decirle, ni en hacer nada. ¿qué querría decir con aquella expresión?. Quizás la respuesta estaba en aquel papel, lo primero y último que me dió Evaristo antes de desaparecer. ¿Acaso no te imaginas qué ponía?. Bien, pues esas tres palabras contenían una decisión que, para mi amigo Evaristo le había costado una eternidad llevar a cabo. Quería empeñar todos sus objetos, todos lo que tenía, aquello que con tanto anhelo y recelo había guardado, más que a su propia vida. Ya no necesitaba nada. Deshaciendose de lo que más había apreciado (después de la muerte de su primogénito) de una forma voluntaria, fruto de una cabilación adulta, se liberaba. Y así, volvía a nacer. No era necesario volver a llamar a la guadaña.

27/11/14

La puerta al jardín cerrado (Rosæ)

Satán pertenecía a un gitano sin dientes que se tiró de un puente y murió ahogado en el río la última noche de octubre de 1973. Tras el suicidio de su dueño, el gato caminó tranquilamente hasta la casa de los Gorini, y maulló delante de la puerta del jardín durante tres días y tres noches. Así es como terminó bajo los cuidados del pequeño de los Gorini, Alberto, un niño cariñoso y simpático que adoraba a los animales.
La criada de los Gorini era napolitana y odiaba los gatos negros, pero el resto de los miembros de la familia estaban encantados con el nuevo inquilino, particularmente Alberto que, tras mostrar interés por saber su nombre y no obtener del gato más que una lánguida mirada de indiferencia, empezó a llamarlo Sombra. Fue imposible ponerse de acuerdo con su hermana, Giulia, que lo bautizó Príncipe por su cuenta. La criada, una vieja aguda y terca, aprovechaba cualquier ocasión para dar un escobazo al gato, pero eso hacía llorar a Alberto y terminó por hacerlo sólo cuando no había nadie alrededor.


Sombra tenía la extraña costumbre de sentarse en el alféizar de la ventana de la habitación de Alberto y mirar fijamente el jardín de la casa de al lado. Un día de tormenta, cuando Alberto llegó del colegio, encontró a Sombra empapado en el alféizar y quiso hacerlo entrar para secarlo. Al asomarse, vio en el jardín a una mujer vestida a la antigua usanza que tiraba de la mano de una niña para hacerla entrar en la casa. Las luces del piso inferior se encendieron cuando las inquilinas entraron huyendo de la lluvia, y parecieron a Alberto bocas amarillas con las que la oscuridad se reía. Él no sabía que hubiera una familia en la casa de al lado, abandonada durante tanto tiempo. Pero le alegraba la presencia de otros niños en una casa tan cercana, y supuso que sus padres habían olvidado mencionar la emocionante noticia. Entusiasmado, cogió un paraguas y bajó hasta la puerta del jardín, que encontró cerrada a cal y canto. Golpeó el portón y esperó en vano. Confuso, echó un ojo a la puerta que daba al canal, que parecía rota por la parte de abajo. Pero, nervioso por la idea de caer al agua en un día en que llovía tanto, volvió sobre sus pasos, entró en su casa y espió a sus vecinas desde la ventana. Las luces continuaron encendidas hasta después de medianoche, pero no volvió a ver a ninguna de ellas hasta la semana siguiente. Su pequeña vecina era excepcionalmente tímida y parecía salir de la casa solamente para estar en el jardín. Alberto dedujo por el pañuelo con el que siempre se cubría la mitad de la cara que tenía algún defecto físico horrendo del que sus padres se avergonzaban.
Algunas noches, después de cenar, Alberto observaba la extraña actividad de la niña encerrada en su habitación, que apoyaba la cabeza sobre el cristal de la ventana y se golpeaba la frente al ritmo del segundero de un reloj. Alberto fruncía el ceño con disgusto y miedo. Se había hecho ilusiones con la idea de ir al jardín de al lado a jugar, pero esa niña oscura no parecía en absoluto la compañera de juegos ideal. La idea de que los adultos con los que vivía (a veces dudaba de que fueran sus padres) la tenían encerrada en contra de su voluntad se apoderó de él y le impidió dormir durante noches enteras.

La noche de Halloween, justo un año después de la muerte del gitano, Alberto se disfrazó de murciélago y salió con sus amiguitos a pedir caramelos a los adultos y asustar a los más pequeños. A medianoche, ya en su habitación pero aún con el disfraz puesto, distinguió a Sombra en la oscuridad exterior, que observaba tranquilamente el jardín de la casa de al lado sentado en el muro que los dividía, y así descubrió a la mujer que cuidaba de la niña de pie, inmóvil y silenciosa, en el centro del jardín. Parecía esperar algo o a alguien y miraba un hoyo enorme que había abierto en la tierra, sin duda con una pala. Tenía un enorme cuchillo en la diestra que heló el corazón de Alberto. Buscó a la niña con una mirada despavorida. Como de costumbre, la pequeña se daba golpecitos en la frente contra la ventana, ajena a todo. Alarmado con la idea de que la mujer quería matarla, encendió la luz de su habitación y trató de hacerle señas. La mujer del jardín lo miró. Alberto no podía ver bien su cara cubierta de sombras, pero no tuvo ninguna duda de que lo había visto y de que era la primera vez que sucedía. Ella entró como un vendaval dentro de la casa y Alberto salió corriendo de su habitación, lanzándose por la puerta escaleras abajo. Chocó con algo en la oscuridad, pero no vio nada y llegó de un salto a la calle, decidido por fin a colarse en el jardín para ayudar a la niña a escapar. Se tiró al canal y nadó contra corriente hasta la verja, que estaba más oxidada de lo que había pensado. Se raspó la espalda al pasar por debajo de los barrotes arrastrándose como una serpiente de agua. Subió los escalones del jardín a gatas, aferrándose como pudo a las lianas de musgo que los cubrían. Se incorporó. Sombra lo observaba desde el muro; la niña lo miraba sentada en el alféizar de la ventana con las piernas colgando, que balanceaba. Alberto le gritó que se escondiera, pero la niña no se movió. Él comprendió: era extranjera. No entendía sus palabras, por eso se limitaba a mirarlo con suma extrañeza, como si estuviera loco. Se lanzó contra la puerta de entrada presa de la desesperación. Sorprendentemente, la puerta se abrió con facilidad. Un chillido agudo le hirió los oídos y pensó que era demasiado tarde. Pero la escena de dentro lo dejó de piedra. La niña había bajado las escaleras a una velocidad asombrosa y de rodillas en el suelo se disponía a clavar a dos manos un cuchillo en su negra víctima: Sombra. ¿Cómo había llegado hasta aquí antes que él, y cómo había atrapado al gato? Estirado en el centro de una extraña estrella hecha con piedras, permanecía quieto y ofrecía la garganta como si tuviera el religioso deseo de ser sacrificado. Alberto gritó, pero la niña lo hundió en el pecho del animal, y luego soltó el cuchillo ensangrentado y corrió hacia las escaleras, riéndose. Llorando a lágrima viva, Alberto levantó amorosamente el cuerpecito de Sombra y salió de la casa tan rápido como se lo permitió el terror que lo dominaba.
Llegó a su casa mojado y sucio, con el gato casi muerto apretujado entre las manos. Encendió la luz de la habitación de Giulia para contárselo todo y mostrarle a Sombra, pero recibió el golpe más duro de todos al ver a su hermana adorada mirándolo con los ojos vacíos, un cuchillo clavado en el corazón. Alberto soltó a Sombra, que cayó al suelo con un golpe sordo, y gritó y corrió e irrumpió horrorizado en la habitación de sus padres, que se habían despertado con sus chillidos. Abrazaron a Alberto y acudieron a la habitación de su hija aterrados con la noticia de que Giulia había sido brutalmente asesinada. Pero, al llegar allí, Giulia, sentada en la cama con las piernas colgando, que balanceaba con inocencia, paseó por los tres una lánguida mirada interrogante, como confusa. Sombra estaba acurrucado, mojado y temblando de frío, sobre su regazo, y ella lo acariciaba tiernamente. El gato parecía inconsciente, pero vivo. Alberto los miraba boquiabierto, helado. ¡Sabía lo que había visto! Sus padres lloraban de alivio, pero le lanzaban de tanto en tanto miradas, más de preocupación que de reproche, que no pudo dejar de notar. Giulia balbuceó que había tenido una pesadilla en la que alguien estaba en su habitación y quería hacerle daño, y también a a Príncipe. Sus padres la consolaron. El gato quedó automáticamente relegado a un segundo plano y fue empujado hacia el suelo, cosa que evidentemente lamentó, porque se puso a maullar muy fuerte, con los pelos del lomo erizados. Nadie le prestó atención, excepto Alberto, que pasaba su mirada de la expresión astuta de Giulia al gato y del gato a Giulia. ¿So... Sombra?, preguntó, mirándola a ella. Giulia alzó una ceja agradablemente sorprendida y le dedicó una media sonrisa malévola por encima del abrazo de la madre. Alberto entendió que ese ser ya no era su hermana. El gato maullaba y arañaba las piernas de ambos progenitores cada vez con mayor desesperación. Alberto lo miró angustiado y trató de atraparlo, pero recibió un furioso arañazo en la cara y fue pasivo testigo de cómo escapaba por la ventana para no regresar jamás.

19/11/14

La puerta al jardín cerrado (Esther)

Siempre me ha gustado ver la copa de los árboles. Aunque sea en plena ciudad, una zona arbolada despierta en mí una paz y una calma que ni las medicinas consiguen. Hace mucho que los fármacos no me hacen nada. ¡Malditos medicamentos! ¿Tú que piensas? No, no digas nada. Mejor ahorra fuerzas.
Mi jardín es mi templo. Mi mausoleo personal. Donde alcanzo el nirvana. ¿Ves? Estamos rodeadas de naturaleza. Arbustos, enredaderas, limoneros, almendros… pero de lo que más estoy orgullosa son de mis flores. Míralas, ¡son bellísimas! Las flores representan la bienvenida para el alma. Estas flores blancas simbolizan el cielo, el paraíso y el camino a la redención. Esas amarillas son la tierra: húmeda, mojada. También hacen referencia a la fuerza de la luz del sol y de la vida. Las lila son el luto, son la efeméride de la muerte y, como no, encarnan la tristeza. Todas esas que ves rojizas, mis preferidas, son la expresión de la sangre de Cristo y la resurrección, así como la vida humana y animal. ¿Hueles ese aroma? Es la fragancia de la muerte. No tiembles. Esta esencia será aún mejor cuando tu formes parte de de toda esa sinfonía de colores, olores, vidas y decesos. Vas a ser el mejor fertilizante que mis flores han tenido en años. Piénsalo. Tu cuerpo se descompondrá, lentamente, alimentando a la tierra, a los gusanos, a mis plantas. Tu sangre fluirá por todo este jardín, siendo parte del mismo. Los insectos tendrán un festín del que no se cansaran. Y yo podré hacer empanadas de los mejores champiñones de toda la ciudad. Tú le darás fuerza, brillo y nutrientes a mis flores, las cuales emanaran mortuorios perfumes. ¿No es bello todo esto? No pongas esa cara. No estoy loca. Estoy harta de que me mires así. Con esa superioridad. ¡Bastardo! Hazme caso, este es un proceso natural. Ibas a morir de todos modos, ¿cierto? ¿No prefieres crear vida con tu defunción? ¡Eres egoísta! ¡pero que muy egoísta!
¿Y ahora lloras? Tus lágrimas de cocodrilo no te libraran de ello. Ya lo he decidido. Además, será mejor que te estés quieto si no quieres que te haga daño. Quiero que tu muerte sea limpia, tranquila. Esto no es un espectáculo. Así, muy bien, quieto. Ahora deslizaré este cuchillo por tu garganta. Sentirás una ligera incisión y luego sosiego, quietud y armonía. Es una bendición, así que no la desaproveches.


Corta su cuello con delicadeza y este grita, ahogadamente, bajo la mordaza. Solo puede mover un poco su cuerpo, porqué esta completamente atado. En medio del jardín, rodeado de todo tipo de flores, su alma se marcha. Y ella tras de sí, cerrando la puerta de su jardín secreto.

(Esther) 

22/10/14

Y cuando te vas (Rosæ)

Hacía un espléndido día de luz y vibrantes campanas. Las gaviotas llenaban el aire de vida. Las góndolas brillaban como caballos bien peinados y los alegres turistas no se quitaban las gafas de sol. Giulia le había pedido a Donatella té chino, con limón y miel, pero ya había olvidado que tenía el tazón entre las manos. El té se enfriaba. Ella se mordía el labio inferior sin darse cuenta, con los ojos clavados en el Gran Canal, cuya actividad parecía ser la única cosa que no cambiaba con los años. A su lado, Donatella se bebió su café y volvió a la cocina a echar un ojo a la tarta que estaba en el horno. Era la favorita de Gabriele y la estaba preparando para él. Aún no estaba lista, pero faltaba poco. La tarta estaba hecha de pedazos de pan que habían ido sobrándole de otras cosas y le placía pensar que ella podía hacer una tarta riquísima simplemente con pedazos de pan sobrantes, leche, mantequilla y pasas, y que otra gente (como Giulia, que seguía dependiendo de ella como una niña pequeña) nunca hubiera podido hacer algo como esto. En la puerta de entrada, las maletas de Gabriele aguardaban expectantes. Donatella se sirvió otro café, volvió a la terraza y se sentó al lado de Giulia, que no se había movido ni un ápice.

Giulia pensaba en Gabriele y Marianne, que pasarían a recoger el equipaje de él en un par de horas. Tanto tiempo temiendo este momento y ahora estaba ocurriendo: su pequeño (su primogénito) la abandonaba. Tenía unas inmensas ganas de llorar. En secreto, un gusano esperaba ansioso, acurrucado en el corazón de Giulia, que llegara el día en que Gabriele regresara a casa con el rabo entre las piernas, la maleta llena y un romance naufragado pesándole sobre los hombros.
Esa mañana sentía con más intensidad que nunca que el haber dedicado más de la mitad de su vida a construir una familia no la salvaba de la soledad en el momento en que menos sola querría sentirse, cuando estaba jubilada y se sentía tan inútil y socialmente prescindible. Parece que todo lo que nos importa está destinado a desaparecer tarde o temprano, pensaba amargamente, que nada permanece, que todo desfallece no importa cuán fuerte sea. Mi familia se desintegra definitivamente ante mis ojos, se desmembra y separa de mí como una rama rebelde del tronco fundador. Recuerdo los detalles del parto de Gabriele como si lo hubiera dado a luz hoy, y no puedo recordar los detalles del proceso por el que se ha convertido en un ser autónomo que no me necesita. Caterina dice que debería alegrarme de volver a ser libre. ¡Pero cómo! ¡Si no sé qué hacer con esta libertad! No entienden cómo me siento porque nunca han abrazado a alguien de la manera en que yo los he tenido a ellos en brazos, cuando eran diminutos seres sin habla.
No creo que Marianne tenga la experiencia necesaria para lidiar con el carácter de mi hijo, que yo conozco tan bien. No puedo estar segura de cuánto lo quiere ella (eso me molesta tanto). ¿Y si lo único que quiere es salir de casa de sus padres? Gabriele dice que tiene una relación difícil con sus padres y eso no me causa buena impresión. ¿Y si en realidad aún está enamorada del primer novio y está utilizando a mi hijo para olvidar al otro? Gabriele ha mencionado que la relación anterior de Marianne terminó hace sólo seis meses. Eso tampoco me causa buena impresión. ¿Y si abusa de mi hijo en algún sentido aprovechando que (obviamente) él está loco por ella (como solía hacer la Sarah de Matteo, llamándolo a las tantas de la noche para que fuera a recogerla en coche aquí y allí)? ¡Ah, mi pequeño! ¿Qué puedo hacer? Ahora no puedo protegerte de Marianne ni de otros peligros como te protegía de los mosquitos cuando eras un bebé. Y cuando te vas, algo que para ti es el comienzo de la vida del amor, para mí señala el principio del fin como una bandera roja anuncia el final de un camino.
Y lo único que se queda a mi lado es Donatella, que siempre ha estado aquí y parece tan inmutable como la actividad del Gran Canal. Pero es como un fantasma y su presencia no me reconforta. A veces me pregunto si late un corazón dentro de ese pecho.

Giulia miró de soslayo a Donatella, que se había bebido el café y parecía una estatua. Nadie sabría nunca que Donatella se permitía el lujo de sentirse como Giulia, la madre legítima, con respecto al abandono de Gabriele. Lo cierto era que, a pesar de conocerse desde hacía más de cincuenta años, estas dos mujeres eran un misterio la una para la otra. Giulia tenía un rol irreemplazable para su familia y un nombre para su comunidad. Donatella vivía a las espaldas de Giulia, cubría el tiempo libre de Giulia con sus manos y desahogaba con su trabajo las obligaciones laborales y sociales de Giulia (mucho menos urgentes desde su jubilación). Dependían para siempre la una de la otra; ellas ni verbalizaban ni cuestionaban para sus adentros esa verdad. Donatella había trabajado para los abuelos, para los padres de Giulia, para Alberto, (Gabriele, Matteo, Caterina) y para ella. Cuando llegó al país no sabía cocinar, pero la abuela le había puesto un libro de cocina delante, había aprendido en poco tiempo y desde entonces cocinar era una de las actividades principales de su existencia. Durante días, meses, años, mientras Giulia estaba en el colegio, en la universidad, en el trabajo, Donatella se había levantado antes que nadie para preparar el desayuno y empezar a hacer la comida para todos los miembros de la familia. Por las tardes debía preparar la cena, siempre encargándose de los pequeños, que la perseguían sin darle tregua. Una vez le había pedido permiso al abuelo para ir a una escuela de cocina para aprender cosas nuevas y mejorar las viejas, pero el abuelo le había dicho que no, “porque verían que era buena cocinando y querrían que trabajara en algún restaurante de la ciudad, y escaparía”. “Mejor se quedaba aquí, en la casa”. Todos olvidaron la escuela de cocina cinco minutos después de que hubiera sido mencionada. Pero Donatella pensaba en ello a veces. Le placía recordar que apreciaban su trabajo y que preferían que se quedara con ellos; también le placía pensar que podría haber sido una cocinera famosa si hubiera ido a la escuela de cocina (todos sabían que cocinaba realmente bien).
Los fines de semana que Giulia y Alberto (con Gabriele, Matteo y Caterina, cuando nacieron) se iban a la montaña, Donatella se quedaba a hacer la colada y pulir el suelo. Volvía a veces a su país, pero las visitas empezaron mucho tiempo atrás a espaciarse cada vez más. Hacía ahora veinte años había preparado un viaje de visita de casi dos meses, porque su madre estaba muy enferma. Giulia se había enfadado con ella (¡dos meses! ¿es que estaba loca?). Pero la madre murió una semana antes de que Donatella partiera, y así partía del mundo el último miembro de su familia. No había podido tener hijos porque le habían encontrado quistes dentro que le ponían el rostro verde, y la habían operado y vaciado. Quedaba en el aire el interrogante de qué hubiera pasado si hubiese podido tener hijos que la ligaran a la tierra de un modo diferente a lo que la ligaba la familia de Giulia, de si hubiera preferido dar el desayuno a los vástagos de otra mujer en lugar de ver crecer a los propios. Las posibilidades de su vida no realizadas (como convertirse en una chef de renombre en la ciudad) dormían de día, y de noche volaban a su alrededor como murciélagos sin rumbo, haciendo preguntas para las que no había respuesta. Su alma dulce no conocía el reposo. La (¿frívola?) idea de que podría haber aprovechado el hecho de que no ser físicamente capaz de tener hijos para ser actriz, cantante, escritora, activista, viajar a África, a la India, tener mil amantes, cultivar mil amistades o plantar mil árboles no se le pasaba por la cabeza. Ahora tenía casi ochenta años y no había vuelta atrás. Donatella era un espécimen extraño. Era un ama de casa sin familia, una madre sin derechos, sus seres queridos no le debían explicaciones, y ahora era también vieja. Seguía encargándose de la casa de los abuelos de Giulia y haciendo las mismas cosas que hacía desde los veinticinco años, soñando que se le rompían las cacerolas y que una joven le decía que escribiera en un globo lo que más quería (que ella escribía 'tener algo propio') y que Caterina reventaba el globo con un tenedor.
La marcha de Matteo a Milán (y luego de Caterina, que ahora estudiaba en Londres) no le había dolido tanto como le estaba doliendo la de Gabriele, por la sencilla razón de que cuando ellos se fueron, aún le quedaba Gabriele. Ahora no le quedaría nadie, salvo Giulia, que parecía un monumento a la melancolía, y las cenizas de Alberto. La novia de Gabriele no le gustaba nada. Le parecía vulgar. No le gustaba que fuera francesa, tenía un horrible acento francés y no la entendía cuando hablaba en italiano. Además, fumaba (el olor era repugnante). Y su manera de vestir (y de sentarse) le parecía masculina y se preguntaba si en realidad le gustarían las mujeres. Pensaba que un día dejaría a Gabriele y volvería a Francia a continuar sus estudios, y Giulia y ella tendrían que recomponer los pedazos rotos del vástago ingenuo.

El estridente sonido del timbre de abajo interrumpió sus pensamientos sobre Marianne. Giulia dio un respingo. Son ellos. Intercambió una larga mirada con Donatella y luego, en acuerdo tácito, volvieron a hundir los ojos en el Canal. El timbre siguió sonando durante horas. Ninguna de las dos se levantó a abrir la puerta.

Las amapolas también lloran (Esther)

Antes lo único que hacíamos era recoger setas: de chopo, de cardo, patas de perdiz, rebollones, etc. A veces íbamos a la noguera del tío Paco, y nos llevábamos quilos y más quilos de nueces. Las niñas eran muy felices, solo hacían que reír, correr, jugar y vivir. Competían a ver quienes conseguían más cantidad de setas. Locas iban entre los pinos, rebuscando en la tierra y arrancando los frutos de la lluvia. Luego llegaron las riñas, las barallas y las peleas. Después de años de tranquilidad, de canastos repletos de boletus y bolsas de vid, los hematomas cubrieron mi piel y llegó el pavor de convertirme en abono para los campos de amapolas que rodeaban nuestra casa. Las lágrimas de mi vida alimentaron esos terrenos yermos, de donde nacieron las flores más tristes y brillantes de todo el pueblo.

- ¿Recuerdas cuando jugábamos por estas pinadas? – dice con una sonrisa melancólica. Un sinfín de recuerdos se abalanzan sobre ella.

- Claro, como olvidarlo. Pasamos parte de nuestra juventud aquí, saltando como cabras.

- Y todo el día gritando: ¡Mira mamá una seta! ¡mira mamá una seta! ¡mira mamá una seta! – dice imitando su voz de cuando era una cría.

- Que pesadas que éramos… – dice mientras se le escapa una fina lágrima. Inspira el húmedo aroma que las envuelve y solloza.

- Yo también la echo de menos, ¿lo sabes? – dice cogiéndole por los hombros.

- Sí, lo sé. Pero odio no poder recordar nada de ella. No nos queda nada. No tenemos fotos suyas, ropa, libros… Ni si quiera me acuerdo de su aspecto. Al menos no con claridad.

- Es normal Sabine. Han pasado ya quince años y tú eras muy pequeña cuando murió.

- ¡Querrás decir cuando él la mató! – grita. Los pájaros se escapan de las copas de los árboles, asustados.

- No quiero hablar de él Sabine, ahora no, por favor.

- Lo siento Taima – dice abrazándola.

Las hermanas lloran, sosteniéndose la una a la otra con fuerza. Sienten que se desvanecen. Son muchos los recuerdos que se les vienen encima. Esos aromas olvidados, ese viento frío y punzante, los sonidos de los árboles, los ciervos bramando… todo lo que tuvo vida, brillo y esperanza, se tiñó de rojo, de sangre, de sufrimiento y muerte. El cadáver de su madre fue el fertilizante de esos terrenos. Sus brazos se enredan en sus cuerpos, buscando el calor de una madre que nutrió las rojizas ababas con su vida.

(Esther)

23/9/14

Chicago en llamas (Anna)

¡Senador, tiene que salir de aquí! –dijo Antwan, el aprendiz de secretario, y, sujetando un enorme portafolios, corrió hacia las escaleras.
-En seguida – murmuró el senador Jacobs, enfrascado en la redacción de una carta para su hermano. La metió en el sobre, lo cerró y selló. Luego se recostó en su cómodo sillón pensando en que, si conseguía cerrar este trato exitosamente, con toda probabilidad significaría el fin de algo. Los capos no le iban a dejar hacer otro movimiento.
Decían que el fuego seguía extendiéndose y que el viento soplaba hacia ahí. Un resplandor anaranjado iluminaba las calles y se oían gritos amortiguados. Fue al mueble bar y se sirvió un vaso de whisky. Por alguna razón, el incendio no le causaba el menor desasosiego. Su mayor preocupación en ese momento era relajarse después de una jornada pesada que le había provocado un dolor punzante en la sien. Él suponía que no lo dejarían solo allí si las llamas llegaban a acercarse demasiado, que esperarían hasta verlo salir… el regusto leñoso que le hacía cosquillas en la nariz rescataba el sabor del viejo whisky…
Despertó tosiendo por el humo. El vaso cayó de su mano y se hizo añicos estrepitosamente. Sin dejar de toser, se incorporó y miró en derredor, su visibilidad impedida por la irrupción de un humo negro en densas vaharadas por debajo de la puerta y entre las ranuras de los paneles de madera del despacho. Dio varias vueltas sin saber qué hacer. Reventó el cristal de la ventana con su silla. De inmediato, las llamas estimuladas empezaron a lamer y deshacer como mantequilla las paredes. Encorvado, se asomó a la ventana, pero no había contado con encontrarse a tanta altura. Retrocedió de espaldas dispuesto a buscar un plan alternativo. Se abalanzó sobre la puerta, pero el pomo ardía y no pudo manipularlo. Finalmente, logró romperla a patadas. Salió arrastrándose y sin dejar de toser. El suelo, él lo notaba, empezaba a vencer consumido por el fuego y él no se veía capaz de sortear los baches para llegar hasta las escaleras. Igualmente, nada le prometía que, una vez allí, no estuvieran bloqueadas por baches aun más hondos. El tiempo que perdiera en decidirlo o en un plan fallido resultaría clave para su supervivencia y haría inviable la realización de cualquier otra alternativa. Era apostar o muerte. Ante tanta presión, comenzó a gimotear y a clamar al cielo. Una voz llamó su atención
-         ¿Señor? ¿Señor? – era una mujer joven. Karla, pensó, esperanzado.
-         Sí, sí, sí, sí – casi lloró. Karla apareció entre el humo, con su ridículo traje de criada. Él solía tirarle de la falda y, aunque no parecía que a ella le gustara, se había quedado a esperarlo. Sólo de una mujer de su categoría podría esperar un servicio de lealtad tan extremo y desinteresado; eso la hacía cómica dentro de su vulnerabilidad, aunque el aprendiz le habría sido más útil.
-         Tranquila, saldremos de aquí – aseguró. Karla no contestó, lo tomó de la mano y lo condujo por las escaleras, saltando con tanta agilidad que parecía volar, de manera que él no tenía que hacer ningún esfuerzo para poner pie seguro, más allá de pisar donde ella pisaba. La sensación de euforia por correr protegido del daño a tanta velocidad se desvaneció cuando se dio cuenta de que habían estado subiendo, no bajando.
-         ¡Karla! ¿Qué has hecho? ¡Nos hemos quedado atrapados por tu culpa! – Karla se detuvo y lo miró con expresión tan seria que él pensó que había perdido la razón y tuvo más miedo de ella que de la situación. Estaban en el último piso. En torno a ellos y debajo, en lo que habían sido las paredes del suelo, sólo se veían láminas de madera candente, y tras ellas, el muro inexpugnable de un edificio de fuego.

-         No estamos atrapados. Sólo uno está atrapado. –y, tras decir eso, atravesó las llamas y descendió las escaleras con serenidad. 

16/9/14

La desconocida (Blanca)

  • Mamá, ya hemos encontrado la chica perfecta para que venga a cuidarte.- explicó Eugenia, con voz alegre. Tenía claro que no quería enviar a su madre a una residencia nunca, ahora su salud no era como la de antes y por ello había tomado esa decisión.
  • Está bien hija... Pero tengo que reconocer que me ha de gustar, sino lo siento mucho por ella y por ti, pero no soportaré ni un día.- Estableció Eloisa.
  • Lo sé mamá. Sé que eres especial y por ello he escogido a la mejor.- estableció de forma segura y contundente de hija única. Lo cual, a la anciana Eloisa le calmó y tranquilizó sobremanera. Lo último que quería era tener en su propia casa una negra o una sudamericana. Nada de eso. No. Tenía que ser española. Tenía que ser, según ella, de su misma raza.
    Pero Eugenia tenía otras ideas, tenía un plan, que dudaba si iba a tener resultado; nunca es tarde para aprender para tirar prejuicios a la basura, pensaba. Se lo pensó mucho, sopesando las consecuencias de su plan. Su madre la podría odiar. Legaba un punto en que le daba igual, quería que su madre no se fuera a la tumba sin antes quitarse todas aquellas ideas de la cabeza.
La viuda Eloisa era una mujer de sesenta y ocho años. Madrileña de nacimiento aunque sus padres eran de un pueblecito de Ávila y habían tenido que emigrar para labrarse un futuro con más posibilidades que el anterior. Habían tenido su marido y ella un comercio de venta de frutos secos y alimentación, les había ido bien. Una vida tranquila sin grandes cambios, pero con pequeños momentos inolvidables, que realmente pensaba Eloisa, era lo que importaba. No habían querido tener muchos hijos, de hecho sólo habían tenido a Eugenia. Era una niña muy inteligente, desde siempre lo había sido, le gustaba mucho leer, de hecho desde que aprendió a leer no paraba de devorar cada libro que se encontraba a su camino. Había acabado con éxito sus estudios como historiadora y ahora trabajaba en un museo como asesora. Sus padres estaban muy orgullosos de ella. Creía Eloisa, la viejecita que le gustaba dar largos paseos y hacer ganchillo que la conocía demasiado.


Cuando la vio creía que se había equivocado realmente de puerta, de edificio, de ciudad. No, no podía ser. Era una negra. Sí, con todas las letras, pensaba. Ella odiaba a las de su raza y su hija lo sabía muy bien aunque una y otra vez la convenciera de que no tenía porqué sentir esos estereotipos y prejuicios ante personas que no fueran como ella, caucásica.


  • Hola, buenos días. Soy María, ¿qué tal?- se presentó la joven, no tendría más de treinta años. No tenía ningún acento, pero la piel era lo único que fastidiaba a la viejecita inválida.
    Al observar María que la señora no le respondía, se acercó un poco más. Es extraño, pensó, parecía que se había quedado petrificada. Aunque por otra parte, Eugenia le había explicado que su madre “era especial”. Temía que de buenas a primeras le diera un jamacuco.
  • Emmmmm. Sí, perdona. - respiró hondo y luego tosió. Eloisa se había quedado sin aliento. Es una encrucijada de mi hija, la muy... Pero no se va a salir con la suya. Parece mentira que no me conozca. - Ha debido de haber un error.
  • Me temo que no señora. Su hija Eugenia me ha dado la dirección correctamente.- Silencio. - Bueno, pues bonita casa tiene usted. ¿Qué tal si preparo algo para beber y nos conocemos un poquito, le apetece?- decía María mientras se aproximaba hacia la cocina. Si no la invitaba, haría ella por conocer el lugar donde iba a trabajar. Si es que finalmente le agradaba a viejecita.
  • Espera, no. Mejor será que no. No me apetece nada, ¿de acuerdo?- estableció contundente pero con voz trémula Eloisa.
    Así que estuvieron esa mañana mirándose a la cara, confusas una de la otra. Una situación embarazosa para ambas, que sobre todo María no lograba entender. La anciana aquella tarde llamó a su hija, no se lo podía creer. Pero, le dieron igual las amenazas de su madre, no iba a cambiar a María por nada del mundo. Tendría que aprender a convivir con una persona con diferente color de piel.
    Así que pasaron los días y las semanas. La comunicación era poca y notaba María que aquella mujer tenía algo en contra de ella. Pero un día, hizo algo que sorprendieron a sus longevos ojos. Siempre había creído que los negros eran unos sucios, pero la meticulosidad en la limpieza de su nueva asistenta le rompía los esquemas y comenzó a pensar si no era ella la que estaba ciega y equivocada. Un jueves por la mañana le trajo buñuelos de calabaza, se quedó petrificada. Era su dulce favorito ¿ Cómo lo habría adivinado? Se hacía de querer. Le daría una oportunidad.  

14/9/14

Miedo y azúcar (Rosæ)

La amistad de la anciana Ruth Zawisza con el padre Gabriel empezó un caluroso día de agosto de 1990. Él había ido a la residencia a confesar a una señora católica que desagradaba a Ruth sobremanera y que lo había mandado llamar por primera vez. El joven sacerdote llegó a la residencia como llega un estudiante a un colegio nuevo, andando con pies de plomo. Ruth se fijó en él enseguida porque le complacía la compañía de las personas jóvenes y le sonrió con aire distraído. Él le devolvió la sonrisa y se acercó tímidamente para preguntar por la susodicha señora. El destino ha querido, exclamó Ruth graciosamente, que la haya encontrado usted a la primera. Alegre, el padre Gabriel se sentó en el banco junto a ella y procedió a confesarla, pero de repente fue como si se hubiera dejado la sotana fuera. Sin él quererlo, aquéllo se convirtió más en una conversación sobre religión que en una confesión. Algo confundido, aunque “no exactamente disgustado porque había sido interesante”, el padre Gabriel se dispuso a partir al atardecer, no sin antes despedirse de la enfermera que lo había llamado. Así descubrió (sonrió a su pesar) que Ruth “le había mentido para que se quedara con ella, que en realidad era judía y que la otra pobre señora se había pasado toda la tarde esperándolo como agua de mayo”. Fue a disculparse de inmediato y prometió volver al día siguiente. Cuando atravesó el jardín, Ruth ya no estaba en el banco donde la había encontrado. Al día siguiente confesó a la señora católica y buscó a Ruth para desenmascararla. La encontró jugando a las cartas con otros viejos; ella sonrió, le pidió con desparpajo que los acompañase, y él así lo hizo. Bebieron limonada helada y el joven cura animó a todos con su actitud fresca y vivaracha. Luego dieron un paseo por los jardines y, desde entonces, daban paseos todos los sábados por la mañana, cuando él podía acercarse a la residencia. Él llegó a sentir por ella un respeto inmenso; la admiraba mucho; parecía sentirse muy sola, pero siempre la encontraba sonriente. Había sobrevivido a la guerra y a Birkenau, y a menudo le contaba cosas de aquel tiempo oscuro. Ruth sentía que el padre Gabriel había llegado a su vida precisamente para iluminar sus últimos pasos en este mundo (lástima que fuera católico); sus conversaciones con él le devolvían parte de la antigua vitalidad que creía haber perdido casi por completo. A veces lo amenazaba con lo que hubiera pasado si ella tuviera veinte años menos y se reían mucho juntos de esa posibilidad.

El padre Gabriel nunca lograba confesarla. Ruth no creía que tuviera sentido haber vivido toda la vida como judía para que un católico le cambiara la religión al final del camino. Cuando él lo proponía, como si fuera su responsabilidad salvar su alma, ella negaba con la cabeza, sonriendo con pesar, y decía “No he sido mala, no he sido mala, sólo tendría un pecado que confesar...”. Al padre Gabriel le intrigaba ese único pecado. No dudaba de que ella pensaba en algo concreto y, por la mirada perdida que solía acompañar al comentario, intuía que era grave y que la irritaba por dentro.
Cierto día de primavera, muy intrigado, se lo planteó así y ella lo miró con los ojos muy abiertos, sorprendida. ¿Irritarme por dentro? No me tome en serio, padre..., empezó, pero se le trabó la voz y clavó la mirada en tierra.

Habían salido de la residencia para pasear por los jardines municipales; dieron de comer a los patos, vieron a los niños reír al sol, y permanecieron mucho rato descansando frente al lago, donde más tarde acudiría la hija de Ruth, cuando terminara su trabajo en los juzgados. Ruth se removió incómoda. Los nudillos de las manos se le habían puesto blancos al apretarse las rodillas. El padre Gabriel puso su diestra sobre una de las arrugadas manos de su amiga, ofreciéndole una sonrisa cálida y comprensión. Ruth lo volvió a mirar. Tenía los ojos bañados en agua y pena, pero al fin se armó de valor y dijo Nunca se lo he contado a nadie: me daba miedo contarlo. Echó una mirada como asustada a su alrededor, pero la gente continuaba sus charlas, los niños y los perros continuaban con sus juegos y paseos, y nadie los miraba. Supongo que ahora no tengo miedo por mí, sólo vergüenza; solamente el nombrarla me da mucha vergüenza, y me da la impresión de que mi vergüenza es lo único que la mantiene viva, y cuando yo muera... Tragó saliva. Alicia Sniegowski era su nombre. Éramos compañeras en los campos. Recuerdo esa época como si la hubiera vivido otra persona, ¿sabe, Gabriel?, como si la hubiera vivido por mí alguien que se parecía a mí, pero que no era yo, era otra Ruth, un reflejo de mí, mientras yo observaba todo como desde arriba, a salvo. La otra Ruth era la que pasaba hambre, frío y miedo, y yo la que sobrevivió. Mi vida ya había empezado a oscurecerse al comienzo de la guerra, pero en los campos se manchó de oscuridad para siempre; era un constante ahogarme en lodo de color negro opaco, pero sin llegar a morir. Y desde entonces he intentado limpiar ese lodo opaco de mi vida, pero ha sido como intentar limpiar un cristal muy sucio y rayado, para sólo rayarlo más y mezclar con el color de lodo otros colores, pero nunca quitarlo del todo, aunque la opacidad se redujera un poco. Ruth respiró hondo y prosiguió tras un silencio pensativo. Alicia y yo dormíamos cerca; teníamos la misma edad; nos llevábamos bien. Un día me puse muy enferma y me dio parte de su ración de pan, y yo le di un cigarrillo una vez, como muestra de afecto. Ella fumaba; yo no, pero era útil tenerlos y yo me los guardaba. También intentaba guardarme el pan cuando creía que podría soportar el hambre, pero eso era muy difícil. Hizo otra pausa y dio un salto en el tiempo. Años después de la guerra, cuando iba a trabajar a la fábrica en la que conocí a Sówka (Ruth llamaba a su esposo por el apellido), me paraba a mirar por los cristales a la gente en los restaurantes. ¡Qué extraño me parecía ver a unas personas sirviendo comida a otras personas! Incluso ahora, cuando las enfermeras me dan un flan por postre o cuando veo a niñitos como ésos, con un helado o una manzana de caramelo en la mano, recuerdo lo que entonces significaba para mí un poco de pan, aunque tuviera gusanos, y la sensación de tener el estómago lleno me parece mágica. Sonrió con amargura. Cuando acabó la guerra y fui libre, prosiguió lentamente, no sabía qué hacer y no sabía qué era más absurda: si mi vida en Auswitch o después de Auswitch. No volví a ver a mi padre ni a mis hermanos, no tenía más familia, no sabía cómo localizar a mis amigos, porque la guerra los había desperdigado a todos. No tenía adónde ir, ni propósito alguno. Yo había querido cosas, pero ahora no las recordaba; había tenido seres queridos, pero estaban todos muertos. Era como estar muerta en todos los sentidos menos en el fisiológico. Miró al padre Gabriel, pero él no dijo nada; la escuchaba atentamente. Ella continuó. Alicia decía que tarde o temprano todo terminaría porque los alemanes perderían la guerra. Yo creía que estaba loca, me parecía que todo se había vuelto loco y cruel y que esa locura y crueldad habían venido para quedarse por mucho tiempo. Un mundo post-infierno me parecía inconcebible. Ella quería fugarse. A mí me parecía imposible y ella no terminaba de decidirse. Pero un día me anunció que lo haría pronto, por si quería ir con ella. Yo pensaba que quería intentar la fuga porque no tenía nada que perder, y que yo tenía algo que perder. Alicia quería ir a Francia, decía que tenía familia allí, hablaba de París como del paraíso. Mi padre y mis hermanos estaban en Auswitch I. Nos habían separado al llegar. Mi madre había muerto, así que ellos eran lo único que yo tenía en el mundo, ¿cómo iba a irme? Alicia me dijo que entonces era más seguro para las dos que no me contara los detalles de la fuga, que estaba planeando con otros. Ese día yo había descubierto que me habían robado los panes y los cigarrillos que llevaba semanas ahorrando y me sentía muy frustrada, así que le pedí que me dejara sus cigarrillos y otras cosas que podían servirme, como un poco de azúcar y chocolate que había conseguido esa semana y que me había enseñado muy orgullosa, en secreto. No sé si lo robó o si fue un regalo de alguna SS por algún servicio especial, porque no quiso decirme de dónde lo había sacado. Yo tenía envidia sobre todo por el azúcar y el chocolate. Insistí para que me dejara aquéllo que no iba a necesitar y se puso furiosa. Dijo que no me dejaría nada porque necesitaría de estas cosas fuera, quién sabía si le salvarían la vida en algún momento. Discutimos. Nos insultamos. Nos dijimos unas cosas terribles. La amenacé con contar a las SS sus planes de fuga si no me daba el azúcar antes de irse. Se volvió loca y una SS tuvo que separarnos. Terminó su castigo antes que yo y cuando se fue me dijo que se marcharía antes del amanecer, que Dios me castigara si la delataba. Sentí un odio inmenso de pensar que se burlaba de mí, que no me daría el azúcar y que se iría y yo me quedaría allí a morir en los hornos. Decidí que antes de que se marchara le robaría los cigarros, el azúcar y el chocolate. Alicia dormía en la parte baja de una litera y guardaba sus tesoros en la esquina superior de la cama; esa noche me deslicé hasta su litera, metí la mano bajo el colchón y saqué el paquetito del azúcar; triunfante, tuve el impulso de salir corriendo, ocultar el azúcar y volver a por lo demás, pero Alicia se despertó y me aferró el brazo para que lo soltara. Le di un puñetazo en la cabeza y le puse la almohada en la cara. Me soltó luchando por respirar, pero yo era más fuerte que ella y no podía incorporarse, así que no me costó inmovilizarla. La maté, ésa es la verdad, que yo la maté. Me di cuenta enseguida, en cuanto dejó de revolverse, pero aún sujeté la almohada contra su cara durante un rato, aterrada por si fingía, por si gritaba si la liberaba. Cuando los minutos pasaron y fue evidente que estaba muerta, la coloqué sobre la almohada como si durmiera, cogí el azúcar, que se había caído al suelo, los cigarros, el pan y el chocolate, y volví a mi cama. Me tumbé exultante, como si de repente fuera millonaria, pensando en todas las cosas que podría hacer con mis nuevas pertenencias. Me abracé a ellas y las oculté bajo un tablón cuando hubo luz. Un par de SS se llevaron el cadáver de Alicia por la mañana. La gente moría tan a menudo que no las oí preguntarse por la causa.

El padre Gabriel suspiró, mirándola. No había juicio en sus suaves ojos de cielo, pero Ruth sentía aprensión. Guardaron un largo silencio. Al día siguiente llegaron los rusos y eso fue el comienzo del fin, continuó. Las cosas aún tardarían mucho en estabilizarse, los alemanes huían de los aliados y fusilaban judíos en masa si tenían oportunidad, pero Auswitch había acabado y yo me encontraba libre; salí de allí por la mismísima puerta. Entonces lloré por Alicia. Si hubiéramos peleado un día más tarde, hubiera vivido para ver el fin del infierno, hubiéramos marchado juntas fuera de los campos y seguramente hubiéramos sido amigas hasta hoy. Nunca he superado esa culpa, concluyó abatida. Me torturan las innumerables posibilidades de su vida que pudieron haber sido y no fueron, porque me conoció a mí en el único momento de mi existencia en que fui capaz de asesinar a alguien por un poco de azúcar y unos cigarrillos que la lluvia terminó por estropear. Pero no puedo cambiar las cosas..., suspiró.


Una voz llamó a Ruth y ambos se giraron. Se acercaba a ellos una mujer sonriente de unos cuarenta años, con mirada dulce pero de presencia imponente, que vestía muy formalmente, llevaba el pelo recogido y cargaba un maletín. Parecía el tipo de persona que siempre está ocupada y va a todas partes con prisa. Gabriel y Ruth se levantaron cuando llegó a su altura. Ella dio un beso en la mejilla a su madre y extendió la mano al padre Gabriel, con una sonrisa de disculpa en los labios. Parecía creer que llegaba tarde, aunque ellos no se habían dado cuenta de la hora. Gabriel le estrechó la mano y ella se presentó. Alicia Sówka, padre, me alegro de conocerle por fin: ¡mi madre no para de hablar de usted! Lo aprecia mucho. A modo de respuesta, él sonrió a Alicia y echó una rápida mirada de sorpresa a Ruth. Nunca la llamaba por su nombre, siempre decía “mi hija” en su presencia. Ahora veía que su amiga había elegido enfrentarse a “la vergüenza de nombrarla” todos los días de su vida. Ruth ofreció a su joven amigo una amarga sonrisa de confirmación, mientras se aferraba al brazo de Alicia y le preguntaba por su trabajo cariñosamente. Alicia habló con fervor de algo que tenía a medias en los tribunales y sobre lo que Ruth parecía estar al corriente. Echaron a andar de nuevo. El padre Gabriel, pensativo, caminaba junto ellas, momentáneamente ignorado por ambas. La confesión de Ruth le pesaba en la conciencia como una losa y su corazón se revolvía incómodo con la nueva carga. Sentía que el amargado espíritu de la muerta los acompañaba en su paseo por la orilla del lago.

12/9/14

Dos vidas (Blanca)


Aquel prado le recordaba siempre a ella. De hecho la había conocido allí. Siempre que se pasaba sacaba la misma conclusión: cada lugar tiene una esencia y cogen especial relevancia cuando nos recuerdan momento, personas. Tan momentos... Era el lugar donde se encontraban. En aquellos tiempos ella era casi una niña y su padre la tenía muy controlada, no quería apenas que saliera a la plaza, me decía, claro. Tenía prohibido el verme y eso me torturaba, pues llegaba a creer que estaba haciendo algo malo, me hacía sentir culpable, pero cuando ella me desveló que quería fugarse conmigo, lejos de su padre, que me amaba tanto como yo a ella, me reconfortó y me subió al cielo, tocando casi el Vahala, pero sin morir. Como si de una batalla se hubiera tratado, la victoria sabía demasiado bien para durar tanto.

Haremos vida en otro poblado. Mi padre tendrá que aceptar mis decisiones, ya soy adulta y puedo decidir por mi misma. Y yo quiero estar contigo. Todo era en aquel prado. Puesto que antes, debido a la prohibición tácita por parte de su padre, nos veíamos a escondidas. Después de muchos años vuelvo. Nada ha cambiado. Pero yo sé que no soy el mismo.

Eran tiempos difíciles. Cuando llegamos al poblado vecino, establecimos con el jefe, Roho, el permiso de quedarnos a cambio de serles útiles con respecto al poblado, y justos con los demás habitantes. Así que nos cedió terreno y parte de ganado, que año tras año le concedíamos parte de carne y hortalizas, ya que debido a su generosidad, podíamos vivir. El padre de ella nunca nos persiguió, me decía que no pensara tanto en eso, puesto que tenía pesadillas continuas en las cuales secuestraba a mi mujer y a mi me torturaba. Eso no lo podía permitir. Lo mataría, aunque fuera su padre. Lo odiaba con todas mis fuerzas. Ella me consolaba, me quitaba esos pensamientos de la cabeza, eso nunca sucederá, Patrick, mi padre está mayor y habrá aceptado mi decisión.

Los meses siguiente a los de nuestra humilde boda sucedió la guerra entre nuestro poblado, aliado con el condado este, con los forasteros de norte, aquellos básbaros inmundos que nos querían quitar tierras y mujeres. Y eso tampoco lo podía permitir. Así que, con los demás hombres del poblado, combatí, como me había enseñado mi tío, ahora ya en el Vahala y muerto en combate. La guerra no duró mucho, cuatro meses. Pero para mí fueron una eternidad y deseaba con ansias de que se acabara, de volver a verla, de estar en paz. No tenía el pensamiento de los demás vikingos, no veía el porqué de las guerras y por eso, siempre he sido levemente rechazado dentro del grupo, aun siendo imprescindible. Todos decían que luchaba con valía, con honor. Yo solo pensaba en reencontrarme con ella.

Cuando terminó la guerra y volvimos al condado, nos recibieron con clamorosa acogida; habíamos triunfado. Cuando la volví a ver estaba embarazada. No me había dicho nada anteriormente, seguro que cuando me fui lo sabía, quizás no. Bueno, qué importaba. Merecía mucho la pena vivir. Por fin iba a ser padre, por fin podría ser padre con ella, compartir la educación de una nueva persona dentro del poblado. Así que nació al cabo de dos meses.
El día del parto fue el día más horroroso de mi vida. Agonizó durante horas, y yo, sin poder hacer nada, quería romper todo aquello que se me ponía delante de la mirada. Las matronas comentaron entre ellas que debían de salvar la vida de el bebé, al menos. Iba a morir. Un parto complicado, quizás se había complicado no ese día, sino los anteriores meses, preocupada. La guerra no trae nada bueno, ni aún cuando es victoria en tu bando.

Así que murió. Y mis veces pedí a los dioses que se llevaran al bebé. No lo quería. La quería a ella. La quería sana. La quería para mí. La enterré con mis propias manos, donde nos conocimos, en el prado. Aquel día no dejó de llover ni un segundo, pero cogí el caballo. Sólo la podía enterrar allí y en ningún sitio más. La tierra estaba mojada y olía a mi infancia. El cielo también estaba enfadado y quería prepara la tierra para acogerla. Pasaron los días y aunque no lloviera posteriormente, para mí seguía lloviendo dentro.

El bebé no lo quería. Me recordaba demasiado a ella. Él era el asesino. Me la había arrebatado. Así que lo dí a una mujer cuarentona que no había tenido hijos, me lo agradeció con creces. Por lo que a mi respecta me fui del poblado. No quería estar más en nuestra antigua casa. Los años posteriores no importan. Pero un día, decidí buscarte, encontrarte. Si te contara esto en persona, quizás me mataras. Te entendería. Pero hemos de seguir adelante, no quedarnos estancados ante un recuerdo. Si pudiera volver al pasado. Dos vidas que cambiaron la mía.

BLANCA